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Para el Cuchi Leguizamón la baguala es el canto del hombre solo

En 1966 desarrolló una teoría sobre los orígenes de la baguala. En estos tiempos de carnaval resulta oportuno traer a la memoria un interesante trabajo del doctor Gustavo «Cuchi» Leguizamón, referido a los orígenes de la baguala.
El trabajo fue publicado en la página literaria de El Tribuno que dirigía José Juan Botelli, en febrero de 1966, días antes que comenzara el carnaval de ese año. Por entonces, Salta estaba signada por la presencia de poetas, músicos e intérpretes de gran valía. Sin duda, transitaba su década de oro en el folclore, cuando Leguizamón publicó un interesante trabajo sobre la baguala señalando que «la carencia de un estudio metódico y exhaustivo sobre la cuestión (la baguala) no nos permite hoy en día dilucidar, en forma definitiva, los orígenes de nuestra popular baguala criolla».
Las teorías
Algunos estudiosos del folclore piensan que por influencia de los toque de clarín a su semejanza fue creada por el pueblo semiaborigen, remontando su nacimiento a las últimas épocas de la colonización española.
Para debatir esta teoría, indudablemente errónea, debemos utilizar argumentos que surgen del propio análisis relativo a la factura de su composición.
En efecto, las fases musicales de esta vieja expresión de nuestro folclore son muy cortas, formadas sobre la base de tres clásicas notas: la tónica, la tercera y la quinta, con repetición de la octava en algunos casos. Además, -y ello es importante- la baguala es el canto del hombre solo. O sea que su manifestación resulta exclusivamente vocal, aceptando únicamente el acompañamiento rítmico de una caja, con la que casi siempre se la canta. Otras veces, y ya en el monte, se suele acompañar con golpes en el guardamonte, producidos por el cantor con el cabo de su rebenque o con las riendas del caballo.
El sello característico de su expresionismo musical está dado por una modalidad única que adquiere la voz al cantarla, empleando continuos portamientos, en los cuales la voz pasa de una nota a otra, recorriendo de una manera imperceptible y ligada los sonidos intermedios o descendentes, atacando siempre las notas posteriores desde la posición anterior. Tales efectos serían imposible utilizando el clarín, por cuanto los sonidos que emite este instrumento, mediante la vibración del tubo de aire y sus respectivos armónicos, no restarían la ejecución de glisados y portamentos cromáticos.

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Otra teoría
Otro autores con mayor eficacia en la investigación histórica clasifican a la baguala como parte del cancionero tritónico, medio expresivo de las altas culturas musicales con antelación a la llegada de Colón.
Dentro de esta última hipótesis que nos parece más acertada, cabría desentrañar si la baguala es una expresión americana autóctona o si fue traída por migraciones ocurridas con anterioridad al descubrimiento de nuestro continente.
Nos inclinamos a pensar que la baguala integra el cancionero tritónico y que, por tanto, es precolombina, autóctona de América. Pues aún no se encontró expresión similar a esta, en ningún lugar que no sea en la región comprendida por el sur de Bolivia, noroeste y algo del centro de nuestro país.
No obstante, al tratarse de una sola expresión musical, la configuración geográfica de las distintas zonas y la influencia de otros cancioneros sobre el tritónico han determinado marcadas diferencias en su ritmo y en la estructura de su composición.
En la zona sur de Bolivia (Tarija y Tupiza) su ritmo es más ágil, y por el influjo del cancionero pentatónico quichua sus frases tienen más desarrollo, evidenciándose en parte el clima primitivo del cancionero tritónico, para adquirir un color que se caracteriza por lo descriptivo.

(VIDEO. Gustavo «Cuchi» Leguizamón)

Biografía de Gustavo «Cuchi» Leguizamón
Nació en la ciudad de Salta a las 11:05 de la mañana. Hijo de José María Leguizamón Todd y María Virginia Outes Tamayo. Estuvo casado Ema O. Palermo. Tuvo cuatro hijos varones: Juan Martín, (53 años), Jose María (51 años), Delfín (49 años) y Luis Gonzalo (47 años). Cuando tenía 20 años le comunicó a su padre que iba a estudiar Derecho, quien en cambio prefería que fuera a París para perfeccionarse. El Cuchi, no hizo caso y marchó a La Plata, donde en 1945 obtuvo el título de abogado.
No olvidaría jamás aquella estudiantina que lo llevaba a Buenos Aires a recalar en El Olimpo, un tugurio del Bajo donde se jugaba ajedrez. Allí conoció a Witold Gombrowicz, al que descubrió con unos botines rotosos pero inmensos. «El único que puede tener patas de ese tamaño -maquinó- es Ariel Ramírez». Y acertó, porque Ramírez le había regalado los zapatos al polaco Gombrowicz. Yatasto Noticias & Cultura. Cantó con el coro universitario, jugó rugby y después fue profesor de historia y filosofía, Diputado Provincial y ejerció durante treinta años la abogacía, hasta que decidió abandonar. Según sus palabras: «Estoy harto de vivir en la discordia humana. Me produce una gran satisfacción ver una vieja en el mercado tarareando una música mía. Una vez venía bastante enojado con todos estos inconvenientes que tiene la vida, y un changuito (muchachito) pasó en bicicleta, silbando la Zamba del pañuelo. Entonces lo paré y le pregunté qué es lo que silba: -No sé; me gusta y por eso lo silbo-, me contestó. Ya ves, ésa es la función social de la música».
En los años 1940, cuanto tenía algo más de 25 años, trenzó una amistad entrañable con el poeta Manuel J. Castilla, el hijo del jefe de la estación de Cerrillos, a quien en una de sus obras mayores le diría: «Padre, ya no hay nadie en la boletería». Al Cuchi, muchas veces con letra de Castilla, le debe la música argentina y universal, zambas, chacareras, carnavalitos, vidalas inolvidables en las que habitan el amor, la tragedia, la miseria, el sarcasmo, la ternura.
Era un enamorado de la baguala («Toda gran zamba encierra una baguala dormida: la baguala es un centro musical geopolítico de mi obra») pero también de Johann Sebastian Bach, Gustav Mahler, Maurice Ravel, Igor Stravinsky, Arnold Schönberg y sobre todo de Beethoven, al que definió con sabiduría como «definitivo». Pero no se quedó ahí, también admiró a otro genio argentino, Enrique «El Mono» Villegas, y a brasileños como Chico Buarque, Milton Nascimento, Vinicius («Las corrientes de música popular americana más importantes están en Brasil») y el jazzista estadounidense Ellington.
Capaz de organizar en Salta primero y en Tucumán más tarde conciertos de campanarios (literalmente, pues el sonido lo proveían los bronces de las iglesias), es cierto que Leguizamón saltó sobre el pentagrama y pulsó cuerdas, digitó teclados, sopló en maderas, cobres y cuernos, como se escribió alguna vez, a pura oreja. La prueba es que intentó también un concierto de locomotoras, fascinado por «ese instrumento musical maravilloso que tiene fácilmente dieciocho escapes de gas que son sonidos y un pito con el cual se pueden hacer maravillas, por no contar su misma marcha».
Al principio -hasta hizo fundir una quena para agregarla a la máquina-, los ferroviarios lo miraban como a un bicho (animalejo) raro. Después se entusiasmaron. Los maquinistas lo saludaban con el saludo sonoro de la locomotora, que además le enseñaron a plasmar. En tiempos del presidente argentino Arturo Illia, Gustavo Leguizamón fue diputado provincial extrapartidario y en tiempos del gobernador peronista de Salta Roberto Romero, asesor cultural de la provincia.
Fue entonces cuando embistió con mayor fiereza contra una burocracia sorda que impedía importar pianos y protagonizó en la Legislatura debates memorables para propender al descongelamiento cerebral. Capaz de respetar a Churchill tanto cuanto despreciaba a Thatcher, Malvinas fue para él una herida abierta pero no ciega, porque supo adjudicar responsabilidades cuando se preguntó por qué fuimos y no peleamos. Impensable en Buenos Aires, Leguizamón- que mascaba hojas de coca, y defendía la costumbre- fue parte del paisaje de Salta, a la que amó profundamente, desde los olores de sus yuyos (hierbas) secos hasta el aire que viene de la quebrada escondida por la cual Belgrano sorprendió a los españoles.
Se casó con Ema Palermo, teniendo cuatro hijos de ella: Juan Martín(1961), José María(1963) Delfín Galo(1965) y Luis Gonzalo(1967). Es autor de las zambas más famosas y que representan a la cultura musical de Salta; la música popular; además de haber compuesto obras populares es un compositor que ha contribuido con su talento y su expresión al acervo cultural salteño. Sus obras son características por su armonía y ritmo por su riqueza melódica, su temática musical.
Escribió entre otras: «Zamba del Pañuelo», «Zamba del Mar», «Zamba del Panza Verde» con Jaime Dávalos, «Chacarera del Expediente», «Carnavalito del Duende», «Zamba Argamonte» con Manuel J. Castilla, «Zamba para la Viuda» con Miguel Ángel Pérez, «Bajo el azote del Sol» con (Nella Castro). Su musicalidad y asonancia fue única y componía algunas de sus obras a la medida de la interpretación del Dúo Salteño con quien mejor acuñó las disonancias que emergían como duendes traviesos de las melodías. Su simpatía y espontaneidad (ocurrencias) brotaban a borbotones en la cotidianeidad Salteña. Ganó numerosos premios por su labor artística: Premio SADAIC, Premio Fondo Nacionál de la Artes. Compuso una obra que Virtú Maragno la estrenara con la Orquesta Sinfónica de Santa Fe, es su «Preludio y Jadeo», compuso la música para la película «La Redada» – 1997 dirigida por Rolando Pardo) en la que además interpreta como actor a «Picaflor».
Falleció en Salta el 27 de septiembre del 2000 dos días antes de que pudiera cumplir los 83 años de edad.
Seudónimo «Cuchi»
En quechua cuchi significa chancho. En Salta no se le otorga un significado peyorativo a la expresión. Cuando tenía apenas meses de vida a su madre le preocupaba su delgadez. En esa época le ofrecieron unos chanchos para ver si podía comprarlos, pero al verlos muy delgados exclamó «¡Pero están flacos como este cuchi!», mirando a su hijo.
Reconocimientos
En 1965 obtuvo el Primer Premio del Festival Latinoamericano de Salta con «La zamba soltera».
En 1973 ganó el Gran Premio SADAIC en el género música nativa.
En 1980 ganó el Primer Premio en la Cantata Cafayateña, Salta.
En febrero de 1984, en un hecho sorprendente, fue distinguido en el Festival Argentino de Música Contemporánea, que desde 1980 se realizaba en el Anfiteatr o Municipal de la Falda y de donde surgieron figuras como Alejandro Lerner, Juan Carlos Baglietto, Patricia Sosa, Manuel Wirzt, Los Enanitos Verdes, entre otros. En esa ocasión, invitado por el organizador del festival, Mario Luna- un ex alumno suyo en el Colegio Nacional de Salta- el Cuchi trabó amistad con Luis Alberto Spinetta, Fito Paez y Litto Nebbia, quien fue el productor de su disco doble, entre otros.
En 1986 obtuvo el Primer Premio en el Festival de Cosquín, Córdoba, con la zamba Bajo el azote del sol, con letra de Antonio Nella Castro.
El 7 de noviembre de 1988 la Universidad Nacional de Tucumán le otorgó el Reconocimiento al Mérito Artístico-Creativo (Producción Folclórica).
El 16 de junio de 1989 el Gobierno de la Provincia de Salta le otorga el Reconocimiento al Mérito Artístico previsto en la Ley 6.475.
En 1985 recibió el Premio Konex – Diploma al Mérito como uno de los 5 mejores Compositores de Folklore de la década, mismo premio que volvió a obtener en 2005, esta vez post mortem.
El 15 de octubre de 1999 el diario Clarín en la serie del suplemento de Espectáculos «El siglo que se va, el milenio que viene» incluye como la figura destacada del siglo en el folclore argentino al Cuchi. Abogado de profesión, ex Fiscal de Estado de la Provincia de Salta por méritos propios, diputado nacional por avatares de la política y, fundamentalmente, creativo y músico de alma.

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