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Virginia Luque, la gran Morocha Argentina. Yatasto es Cultura.

A los 86 años se apagó la voz de Virginia Luque

Virginia Luque se llamaba en realidad Violeta Mabel Domínguez murió el martes 3 de junio pasado, a los 86 años, en su casa, producto de una enfermedad infecciosa. Sin embargo, serán la imagen y la voz de Virginia Luque las que quedarán en el recuerdo de los aficionados al tango. La cantante fue una de las últimas estrellas femeninas del género; con ella se clausura una época de otra estirpe porteña, con figuras que nacían en los sainetes, se formaban en las radios y se hacían populares en el cine. Emergente así del final de la época de oro de las cancionistas y abriéndose paso en la plenitud de las grandes voces de las décadas del cuarenta y cincuenta, Virginia Luque fue la gran memoria evocativa de otra Buenos Aires.
Virginia Luque se fue forjando artística y silenciosamente en compañías de teatro español, el radioteatro y en los estudios cinematográficos; filmó alrededor de treinta películas, en las que fue encontrando su propia voz rutilante, buscando ocupar el espacio que había dejado vacante Libertad Lamarque. El patio de la morocha, película dirigida por Manuel Romero en 1951, le permitió encarnar el personaje de esa morocha argentina inspirada en el tango de Mariano Mores y Cátulo Castillo, que modeló su personalidad artística y se convirtió con los años en uno de los tangos más populares de su repertorio.
Con ese personaje misterioso y devocional que venía de su pasado de actriz y esa voz grave y sentimental, que la diferenciaba de sus compañeras de época -Elba Berón y Alba Solís-, la cantante se impuso con peso propio. A Virginia, sin embargo, al principio le costó imponer su estilo en el cine y que se la tomara en serio, a pesar de haber trabajado con directores como César Amadori, Carlos Hugo Christensen, Lucas Demare y Manuel Romero.
Azucena Maizani le dio un gran espaldarazo cuando la nombró su heredera, por esa vena dramática que Luque impuso a tangos como «Tormenta», de Discépolo, o el criollismo evocativo de piezas de Piana y Manzi como «Milonga sentimental». La rosarina aprovechó bien los consejos de su madrina para dedicarse íntegramente al tango más allá de su gusto por los cuplés y los boleros. Hasta retomó uno de los grandes himnos de Maizani, «La canción de Buenos Aires»: se lo apropió y lo convirtió en uno de sus caballitos de batalla hasta el final de sus días; su última versión de esa canción la grabó para el disco Café de los Maestros (2005). Yatasto es Cultura.
De a poco comenzó a convertirse en esa gran diva del tango que hacía gala de vestidos con brillantina que remataba con una gran boa de plumas al cuello. Luque hizo de ese personaje y de la interpretación con carácter un estilo, que impresionó en su entrada a la televisión en programas como El show de Antonio Prieto y sus apariciones en Grandes valores del tango. Luque fue una sobreviviente de la época de retroceso del género, entre los 70 y los 80, que alimentó las noches de los últimos refugios tangueros de la generación de oro, como Caño 14. Esas noches míticas en las que Virginia pedía silencio al público y, como una plegaria, cantaba: «Buenos Aires, donde el tango nació, tierra mía querida / Yo quisiera poderte ofrendar / todo el alma en mi cantar / y le pido a mi destino el favor / de que al fin de mi vida / oiga el llorar del bandoneón / entonando tu nostálgica canción»

Contratapa de un disco de Virginia Luque, secundada por la orquesta de Atilio Stampone. Yatasto

Contratapa de un disco de Virginia Luque, secundada por la orquesta de Atilio Stampone. Yatasto

Trayectoria de Luque, la Morocha Argentina

Tuvo una precoz relación con la escena y de niña actuó en teatro tras una iniciativa de uno de los dueños de la sastrerí¬a Casa Muñoz, donde trabajaba su padre, que le comentó la necesidad de una nena para una pieza teatral a presentarse en el teatro Liceo. Luego, a los 15 años hizo teatro con la Compañí¬a Española de Comedia de Josefina Dí¬az y Manuel Collado y apenas un año después llegó al cine bajo las órdenes de Francisco Mugica en «La guerra la gano yo», donde actuaba Pepe Arias.
Formada como cantante por Julián Viñas, ostentó una voz pequeña pero bien timbrada y un ángel que la catapultó como la «Estrella de Buenos Aires», tal como se lo conoció en sus épocas de apogeo. Con esas dotes vocales, inicialmente cantaba piezas de diversos géneros: tango, bolero, español e incluso protagonizó la pelí¬cula «Del cuplé al tango» en la que asumió obras de esos dos géneros. Yatasto es Cultura.
Pero además de su prolí¬fica labor cinematográfica y teatral, Luque fue actriz de radioteatros («Narcisa Garay, mujer para llorar», de Juan Carlos Ghiano) y de televisión («Las veinticuatro horas» y «Hombres en mi vida»).
Los ojos de Virginia Luque están unidos a los mejores momentos de la televisión argentina, en ciclos como «El show de Antonio Prieto», «Tropicana Club» y «La familia Gesa» y «La familia Gesa se divierte».
Su filmografí¬a incluye unas 30 pelí¬culas, muchas de ellas en el exterior, tal el caso de la exitosa «La balandra Isabel llegó esta tarde», en pareja con el mexicano Arturo de Córdova, pelí¬cula de Carlos Hugo Christensen que se filmó en Venezuela y participó en el Festival de Cannes de 1951.
También protagonizó «El hombre del sábado» (1947), de Leopoldo Torres Rí¬os; «Un tropezón cualquiera da en la vida» (1949), de Manuel Romero; «Don Juan Tenorio» (1949), de Luis César Amadori; «La historia del tango» (1949), de Manuel Romero; «La vida color de rosa» (1951), de León Klimovsky; «Arriba el telón» (1951), de Manuel Romero, y «Sangre y acero» (1956), de Lucas Demare.
También son de ese grupo «Del cuplé al tango» (1959), de Julio Saraceni; «Buenas noches, Buenos Aires» (1964), de Hugo del Carril; «Vivir es formidable» (1966), de Leo Fleider y «Los chicos crecen» (1976), de Enrique Carreras.
En 1995 ganó el premio Cóndor de Plata a su trayectoria, otorgado por la Asociación de Cronistas Cinematográficos de la Argentina, y también el premio Konex, como cantante femenina de tango.
En octubre de 2011 actuó en el Teatro Enrique Carreras, de Mar del Plata, en el marco del ciclo «Milongueando en el 40» y fue la única estrella femenina durante la presentación de «Café de los maestros» en el Teatro Colón y participó en el filme del mismo nombre de 2008, al igual que aquellas presentaciones, respaldado por Gustavo Santaolalla.
En el 2012 sufrió una caí¬da accidental que le provocó una infección en la piel llamada Erisipela, enfermedad que costó tratar debido a su alergia a la penicilina.


El año pasado, a modo de recorrida por su vida y balance de la larga y laureada trayectoria en escenarios y sets, el actor, autor y crí¬tico Mario Gallina publicó el libro «Virginia Luque. La estrella de Buenos Aires».
«Me gusta definirme como una actriz que canta. Nunca he dejado de lado a la actriz que fui en un comienzo, por eso para mí¬ los personajes de las canciones son siempre diferentes. Cada obra necesita ser estudiada, investigada, ensayada. Cada canción³n es un personaje, o si se quiere un monólogo, y los he encarado a partir de que se trata, sin duda, de un texto teatral y de la actriz que soy», se definió Virginia en un pasaje del texto.
Acerca de su ligazón con el tango, que recién se plasmó acabadamente en los 70, reveló que fue Azucena Maizani, una de las pioneras del tango, quien le dijo «vos sos tango».
Y para Luque, según explicó, «ser tango implicó sentir lo propio, lo que es nuestro. Sentir como siento yo, una tremenda emoción cuando interpreto nuestra música, aquí¬ y afuera. Y concluir en la certeza de que soy -no sé si cabe- más porteña y más argentina».
A lo largo del libro, la artista consignó que «hice todo, cine, radio, televisión -que me gusta mucho-. Pero no creo que haya nada como el teatro. También tengo predilección por el café-concert, se logran muy lindos climas en ese hábitat».
Para la presentación del volumen, en abril de 2013 en el teatro Empire, a la que Luque asistió, se proyectó el cortometraje «Virginia Luque. La luz de una estrella», de Diego Fernán.

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